viernes, 16 de junio de 2017

Diario de una Nancy de los 70














Querido diario:
¡No te imaginarás lo que ha pasado hoy!
Ha sido un día de sobresaltos espantoso, terrible… Ay, menos mal que ya todo terminó, pero qué desastre, y el caso es que la intención era muy buena, pero el resultado… y es que hoy el papá les trajo un pollito a las niñas, un pollito de verdad. Y tú me dirás: Oooooooh, qué tierno, qué inocente, pero Nancy, ¿cómo hablas así, si se trata de un lindo pollito?
Pues sí, ya lo vas a entender.
Hace tiempo que la Eva y la Carmencita les piden a sus papás un pollito, y esto es porque la Mari Loli, una niña del bloque que se peina con dos coletas y es un poco bruta y antipática, siempre tiene algún pollito que su mamá le compra al hombre que se pone a venderlos en la plaza. La Mari Loli baja a la calle con una caja de zapatos con agujeros en la tapa y entonces todos los niños la rodean y ella les enseña su pollito de plumas suaves y amarillas, redondito, suave, como de peluche, con su piar bajito y sus ojitos negros como cabezas de alfiler, tan chiquitito que cabe en una sola de sus manitas y se lo enseña a los chiquillos que lo miran con la boca abierta mientras se aguantan las ganas de tocarlo, porque ella no los deja. En ese momento la Mari Loli dice, caprichosa, que se va a su casa, y todos tratan de convencerla de que no, que no se vaya, que se quede un rato más, porque si se va el pollito se va con ella, claro. Ella hace como que se lo está pensando, para que le sigan rogando que se quede, hasta que se harta y dice que no, que se va, y entonces llega el momento de máxima tensión, porque de entre todos elige a uno o dos privilegiados para que se suban con ella a su casa a jugar, y ahí si te permite coger al pollito una o dos veces y acariciarlo y jugáis en la terraza con él, y eso es como que te toque el gordo de la Navidad y todos quieren ser los elegidos para poder disfrutar, aunque sea un rato, del pollito.
Como te imaginarás, a pesar de su mal carácter, esto hace muy popular a la Mari Loli, todos los niños quieren ser sus amigos y, en alguna ocasión, la Eva y la Carmencita, o la Eva y la Elena, o la Carmencita y la Mariluz, han sido las elegidas. Y después, le piden un pollito a sus papás, una y otra vez, incansables, que quieren un pollito, solo para ellas, para poder disfrutar de él sin tener que aguantar a la tonta de la Mari Loli, y sin compartirlo con ella, claro.
Los papás nunca les han hecho caso, sobre todo la mamá, que dice que animales en un piso, no, que los animales son para el campo o, como mucho, para una casa con patio, pero la Eva y la Carmencita seguían dale que dale, sin atender a razones, y parece que al final el papá se ablandó. ¡En qué momento!
         Estábamos tan tranquilas en la casa, jugando por parejas, la Carmencita y la Mariluz a los cromos y la Eva y la Elena con sus respectivas Nancys (sí, la Eva ya terminó de leer todos los tebeos y volvió a la vida, aunque se los ha prestado a la Elena, es una afición que comparten y siempre cuando le prestan tebeos a una luego se los presta a la otra, es su secreto). Pues eso, estábamos tan tranquilas cuando llegó el papá, lo que era un poco raro porque era media mañana y él no llega hasta la hora de comer, y traía una caja de zapatos en las manos. Las niñas se pusieron muy contentas y salieron a recibirlo y, curiosas, le preguntaron qué traía en esa caja. Entonces el papá, con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos brillándole de contento, abrió la tapa de la caja mientras decía: “¡Os he traído un pollito!”.
Ya a la Eva y a la Carmencita se les venía un grito de euforia porque por fin, el momento esperado por tanto tiempo había llegado, el sueño se había hecho realidad, el deseo se había cumplido y allí, delante de ellas, en esa caja de zapatos tenían ante sus ojos un… un…
¿Pollito? ¿En serio, papá? ¿Esto es un pollito?
Eso parecían decir sus ojos y sus boquitas de sorpresa de las que nunca llegó a salir el grito de alegría porque se quedó atragantado a medio camino cuando les corría pecho arriba y acabó convertido en un nudo en la garganta que no dejaba salir sonido ni expresión alguna.
Allí en la caja había un pollo, sí, de eso no había duda, pero sus plumas no eran de un vivo amarillo, sino de un blanco sucio que se convertía en marrón en los extremos, y tampoco eran suaves ni de aspecto algodonoso, no, sino ásperas y desordenadas, como si el pollo no se hubiera peinado esa mañana al salir del gallinero, especialmente en el cuello, muy largo y medio desplumado, y tenía cresta, sí, una cresta bien visible y evidente en su cabeza, y no cabía en una mano, no señor, porque era al menos cuatro o cinco veces más grande que los pollitos de la Mari Loli.
Las niñas miraban al pollo y luego se miraban entre ellas y luego miraban al papá, que las miraba radiante de felicidad por haberles cumplido el sueño a sus niñas y esperaba las demostraciones de alegría y de ilusión correspondientes que, por el momento, no llegaban.
Las niñas estaban horrorizadas con el pollo-adolescente-en-tránsito-a-gallo que les había traído su papá pero, al mismo tiempo, lo veían tan feliz que no eran capaces de desilusionarlo, y no sabían muy bien qué hacer. Al fin, la Carmencita miró al papá con la sonrisa falsa que tiene para cuando le hacen fotos, esa que estira la boca para los lados y muestra sus níveos dientes de leche, y la Eva dijo un “gracias” que en vez de regalarle un pollito parecía que le acababan de poner una inyección. La Elena y la Mariluz no dijeron nada, no estaban obligadas, pero se notaba que estaban pensando “esto no es un pollito de verdad”. Entonces el papá les contó que había ido a ver a la abuela, es decir, a su mamá, que vive en el campo y tiene gallinas y conejos y otros animales, y como él le había contado que las niñas tenían ganas de tener un pollito, pues les mandaba este de regalo, para que lo tuvieran de mascota. Y entonces la mamá, que también estaba allí y no se corta un pelo, dijo lo que todas estaban pensando: “Pero hombre, ellas querían un pollo pero no de estos, de los chiquititos que venden en la plaza, este es muy grande, si tiene cresta y todo”. Pero el papá no se arredró: “bueno, pero este es un pollito también, ¿no? Aún es pequeño y además es un regalo de su abuela”. Y se marchó porque tenía que volver al trabajo, dejando a las niñas sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar ante esta situación.
Y fue salir por la puerta el papá y se armó la marimorena.
La Carmencita, que es la más valiente, se ve que decidió dar al animal una oportunidad y hacer como que pesaba medio kilo menos y fue a cogerlo, momento en que el pollo saltó de la caja y echó a volar por todo el salón, que volaba como un halcón, y se paró arriba del mueblebar. La Carmencita que no esperaba esta reacción, porque hasta entonces el pollo había estado tan quieto que parecía disecado, se calló de culo y se puso a llorar, la Eva, que tampoco lo esperaba y es más asustona dio un grito y salió corriendo tan atropelladamente que se tropezó y, al caer, se agarró de lo primero que encontró y que resultó ser una punta del pañito de crochet que cuelga de la mesa de libro del salón, gran error, porque la Eva se cayó igual, pero arrastró con ella el pañito y el cisne de porcelana de centro de mesa que había encima y que se rompió en mil pedazos. La Elena y la Mariluz huyeron a su casa, asustadas por el ataque del pollo volador y la mamá salió corriendo a cerrar la puerta de la terraza para que el pollo no se escapara mientras le gritaba a la Maribel que cerrara las puertas para que no se entrara a los cuartos y viniera corriendo a ayudarla a cogerlo antes de que lo llenara todo de piojos y gallinazas. Fueron momentos de terror para los juguetes que estábamos en el salón, sin poder movernos y rezando para que lo atraparan, imagínate, un picotazo de un ave de esas puede ser fatal para una muñeca como yo, me puede dañar uno de mis ojitos, o hacerme un agujero en mi cara o en mis manos, o algo peor,… Ni siquiera con la amenaza del skylab pasé tanto miedo, de verdad.
Fue pavoroso y caótico: las niñas llorando asustadas huyeron a la cocina y se metieron bajo la mesa, el suelo lleno de los trozos del cisne roto, y la mamá y la Maribel haciendo piruetas por todo el salón tratando de coger al pollo que cuando bajó del mueblebar se escondió tras el sofá, cuando retiraron el sofá de la pared se metió tras la cortina, la mamá gritaba: “la cortina no, que la acabo de lavar” como si el pollo la fuera a entender y a salir de ahí diciendo: “Ah, perdone, señora, es que no lo sabía, ahora mismo me escondo en otro lado, eh?”. De ahí voló hasta la tele, ¡la tele! Y la mamá decía: “Cuidado, Maribel, cuidado con la tele, no se vaya a romper” y las dos andaban como de puntillas y despacio hacia el pollo que, tenso, las miraba sin moverse calculando su próximo movimiento.
Cuando por fin atraparon al pollo, el salón se había convertido en un campo de batalla, todo desordenado y patas arriba. Lo metieron en la caja pero, como era muy pequeña para dejar ahí encerrado al pobre bicho la mamá, que no es ninguna torturadora de animales, mandó a la Maribel a la tienda de la Pepi, la de los ultramarinos, que está al salir del portal, por una caja más grande, que colocaron en la cocina boca abajo y, encima, tuvieron que ponerle un tomo de la enciclopedia Monitor del papá, de esos que pesan como cinco kilos cada tomo, y esta fue la única manera de que el pollo no se escapara ni arrastrara la caja por toda la cocina.
Así que esta tarde, después de la siesta, el papá se ha llevado el “pollo-guerrillero” para el campo, con la abuela. Pobre, iba todo compungido y decepcionado porque él les trajo el pollito con toda su buena fe para darles el capricho a sus niñas, pero es que también… yo no sé qué entenderá este hombre por “pollito”, si eso parecía un avestruz. Y se llevó a las niñas, para que vieran a su abuelita y ellas mismas le explicaran y también, para que les diera el aire a ver si así se les pasaba el susto. Solo se subieron al coche cuando el papá les prometió cincuenta veces que la caja estaba bien asegurada y el pollo no se iba a escapar. Y la mamá y la Maribel se han quedado limpiando el salón con lejía de arriba abajo, y la mamá estaba muy disgustada porque se rompió el cisne de la mesa, que a ella le encantaba, y ha dicho que aquí ya no entran animales nunca más, aunque las niñas lloren y pataleen y se pillen el mayor de los berrinches. Nunca más.
Y yo estoy muy de acuerdo con ella. Tiene toda la razón.

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